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Historia de Italia la edad media
Fotografias de Italia

En el 476 Odoacro, rey de los hérulos, depuso a Rómulo Augústulo, el último emperador de Occidente, y se hizo con el poder. En el 488, Teodorico, rey de los ostrogodos, invadió Italia y, tras derrotar y asesinar a Odoacro, se proclamó soberano absoluto. Su reinado se prolongó hasta su muerte, ocurrida en el 526. Justiniano, emperador de Oriente (véase Imperio bizantino), encargó al general Belisario que expulsara de la península Itálica a los invasores germánicos.

Conflictos religiosos

El terrible conflicto que siguió finalizó en el 553 con la muerte de Teias, el último de los reyes godos. No obstante, el dominio de Bizancio fue breve, ya que en el año 572 los lombardos, otro pueblo germánico, invadió la península. Su rey, Alboíno, fijó la capital del reino en Pavía, y desde allí inició una serie de campañas con las que se hizo con el control de los enclaves bizantinos, excepto la zona sur de la provincia y el exarcado de Ravena, en el norte. Tras la muerte de Alboíno en el 572, se produjo un vacío de poder que propició la unión de distintos grupos bajo el mando de un líder regional llamado duci. Los lombardos, como anteriormente los godos, abrazaron el credo herético denominado arrianismo, que originó continuos enfrentamientos religiosos con los habitantes nativos del país, que mayoritariamente profesaban el catolicismo.

El conflicto adquirió mayor intensidad cuando los papas vieron incrementado su poder. Finalmente, la conversión a la fe católica del rey lombardo Agilulfo (reinó entre 590-615) trajo consigo un periodo de relativa calma. Los lombardos, que pretendían consolidar su poder político, empezaron a hacer incursiones en territorio papal, e incluso amenazaron a Roma, el centro del poder eclesiástico.

En el 754 el papa Esteban II pidió ayuda a los francos, convertidos a la fe católica un siglo antes. Bajo el fuerte liderazgo de Pipino el Breve y posteriormente su hijo, Carlomagno, los francos derrotaron a los lombardos y depusieron a su último rey en el 774. El día de Navidad del 800, el papa León III coronó a Carlomagno como emperador de Occidente. Cuando en el siglo IX los sarracenos conquistaron Sicilia y amenazaron con conquistar Roma, el papa León IV pidió ayuda a Luis II, nieto de Carlomagno, que detuvo el avance de los invasores. Sin embargo, tras la muerte del rey Luis II, consiguieron hacerse con el poder en el sur de Italia y obligaron a los papas a pagar tributos. A partir de entonces, y durante mucho tiempo, la historia de Italia es una sucesión de coronaciones y caídas de reyes sin importancia, entre ellos Guido II, Berengario I y Hugo de Provenza. Este periodo de anarquía finalizó en el 962, cuando Otón I el Grande, rey de Germania, se hizo con el poder en el norte de Italia y con la corona lombarda y se hizo coronar emperador por el papa Juan XII. El hecho es considerado por muchos como el nacimiento de la nación germana y la fundación del Sacro Imperio Romano Germánico.

Hasta el fin de la edad media, los emperadores del Sacro Imperio Romano proclamaron, y ejercieron, en distintos grados, la soberanía sobre toda Italia; sin embargo, por motivos prácticos la autoridad imperial se había convertido en simbólica a comienzos del siglo XIV. Mientras tanto, el sur de Italia había permanecido bajo la influencia bizantina y lombarda. En el siglo XI, los normandos acabaron

Iglesia de España
con el poder bizantino y expulsaron a los lombardos, y en 1127 unieron los territorios que habían conquistado con Sicilia, arrebatada a los sarracenos. Estos acontecimientos coinciden con un cierto resurgir de la autoridad papal, que durante mucho tiempo había estado velada por la autoridad de los emperadores.
El enfrentamiento entre el Papado y el Sacro Imperio Romano

Duomo de Firenze

Los enfrentamientos entre el Imperio y el Papado alcanzaron su punto de máxima tensión en la Querella de las Investiduras. Tras el Concordato de Worms (1122), el emperador delegó en los cardenales el derecho a elegir al papa. Al tiempo que se fortalecía la influencia del Papado, se hacía cada vez más patente la oposición al continuado poder ejercido por los emperadores, que se manifestaba en las cada vez más numerosas ciudades-estados. En la península, el feudalismo no había logrado implantarse tan sólidamente como en Francia y Alemania. Su relativa debilidad se debía en gran parte a la supervivencia de las tradiciones romanas y a la existencia de un gran número de ciudades que impedían la extensión del sistema feudal, eminentemente rural. La ciudades del norte desafiaron el poder del emperador Federico I Barbarroja, quien luchó en numerosas guerras contra ellas. Finalmente, en 1167 se creó la Liga Lombarda, una alianza de ciudades italianas, que en 1176 derrotó al emperador en Legnano; en 1183, con la firma de la Paz de Constanza, las ciudades del norte de Italia aseguraron su independencia. El emperador Federico II hizo un último e infructuoso intento de vencer al Papado y a sus aliados. Italia se encontraba dividida por las luchas entre los partidarios del emperador, los güelfos, y sus adversarios, los gibelinos. Mientras tanto, en 1266, la Italia meridional y la isla de Sicilia pasaron a ser posesión de la Casa de Anjou, hasta que en 1282 los sicilianos se liberaron de la dominación francesa y aceptaron la autoridad de Aragón. Encarta